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ENVEJECIENDO EN LOS CAMPOS: Sin Más Alternativa que Seguir Trabajando

Este artículo también está disponible en: Inglés, Portugués, Brasil

Capital & Main/New America Media, News Feature, David Bacon 


Tan pronto que los niños de Anastasia de Flores tenían la edad suficiente, ella les trajo para trabajar en los campos. “Desde 1994, siempre trabajé sola, hasta que mis hijos también podían trabajar”, recuerda. “En Washington, yo recogía pepinos, y en Santa María trabajé recogiendo fresas y tomates.
En Washington, permitían a los trabajadores llevar a sus hijos para trabajar con ellos y dejarlos al final de la fila con los niños mayores que cuidaban de los más jóvenes”.

Ella no pensó que traer a sus hijos a trabajar era inusual. Era la forma en que había crecido ella misma.
Hoy ella ya tiene más de 50 años, llegando a la edad donde ya no podrá trabajar. Del mismo modo que una vez ella dependió del trabajo de sus niños para la supervivencia de su familia, ella seguirá dependiendo de ellos para sobrevivir mientras envejece. Sin su ayuda, ella no tendrá nada.

El viaje al Norte

Anastasia nació en San Juan Piñas en Oaxaca, sur de México. Esta pequeña ciudad se encuentra en el corazón de la región de la Mixteca, donde la gente habla un idioma indígena desde hace siglos mucho antes de que llegaran los españoles.

En la década de 1970 y los 80, la gente comenzó a migrar de Oaxaca en busca de trabajo, pues las políticas agrícolas de México fracasaron. Anastasia, al igual que muchos, terminó trabajando primero en el norte de México, en el Valle de San Quintín de Baja California.

“Yo recogí tomates allí durante cinco años”, recuerda. “Fue brutal. Cargaba estos enormes baldes que eran muy pesados. Vivíamos en un campo de trabajo en Lázaro Cárdenas [una ciudad en el Valle de San Quintín], llamado Campo Canelo. Era una habitación por familia, en chozas hechas de aluminio”.

Antes de salir de San Juan Piñas, se había casado y trajo a su primera hija, Teresa, con ella a Baja. “Empecé a trabajar allí cuando tenía ocho años de edad, recogiendo tomates”, recuerda Teresa.

Anastasia decidió entonces llevar a su familia a California, porque su marido había encontrado trabajo allí en los campos. “Necesitaba dinero y no podía permitirme el lujo de criar a mi familia en Baja California,” recuerda. “Había tres niños y yo no podía sola. Era difícil llevar a mis hijos a través de la frontera ya que eran muy pequeños, pero en comparación con ahora, era más fácil en los años 90. Sólo nos tomó un día cruzar”.

“Mis recuerdos de aquella época son muy tristes, porque tenía que trabajar por necesidad”, dice Teresa. “Empecé a trabajar en los Estados Unidos a los 14 años, aquí en Santa María y en el estado de Washington. Mi madre no podía mantener a mis hermanos menores solos, y yo soy la hija mayor. No podía ir a la escuela porque mi madre tenía muchos niños pequeños que mantener”.

El hijo de Anastasia, Javier, nacido en Santa María, comparte esos recuerdos. “Cada vez que salía de la escuela, era para ir directamente a los campos para conseguir un poco de dinero y ayudar a la familia”, recuerda. “Eso es más o menos el único trabajo que he conocido. En general, trabajábamos los fines de semana y en los veranos, durante las vacaciones”.

Sola con tres niños

Anastasia es una madre soltera. Su ex esposo, Lorenzo, era alcohólico. “Después de que lo deportaron en 1995 yo crié a mis hijos sola”, dice ella. “Fue difícil apoyar a los niños como mujer sola. No fue hasta que mis hijos eran mayores que pude quedarme con mi hija recién nacida después de su nacimiento. Para entonces mis hijos mayores tenían 14, 15 y 16 años de edad, y podían ir a trabajar conmigo”.

Hoy día, los niños de Anastasia tienen sus propios problemas, más allá de apoyar a su madre. Teresa no puede trabajar. “Mi cuerpo ya no aguanta más”, explica. “Se hizo más difícil a medida que pasaba el tiempo, porque recoger fresas es muy doloroso para las manos y pies. Yo lo seguí haciendo porque tenía que trabajar para mi familia. Pero luego me diagnosticaron artritis cuando tenía apenas 22 años de edad”.

Y continuó: “La artritis es generalmente algo que las personas mayores padecen, a mi entender. Mi médico me dijo que no cuidé de mi cuerpo mientras trabaja en el campo. Tengo 32 años y ya no puedo trabajar. Lo intento, pero no puedo. Traté de solicitar Medi-Cal [el nombre en California para el programa de Medicaid de bajos ingresos], pero me fue negado porque no soy una residente legal y no tengo un número de Seguro Social”.
Javier puede trabajar, pero tiene sus propios sueños. “Tomé mayormente clases de AP [colocación avanzada] y clases de honor en la escuela secundaria, y saqué buenas notas, mayormente As y Bs. Nunca tuve ninguna de C”, declaró con orgullo.

Pero mientras estaba en la secundaria también pidió emancipación legal. “Mi familia era muy conservadora y fuerte en sus creencias cristianas. No podía hacer nada, y me se sentía como si estuviera atrapado. Tenía muchas ganas de ir con mis amigos a los bailes. Además soy bisexual. Para ellos eso es un pecado y vas al infierno. No podía vivir así. Salí de casa y estuve en la calle durante tres meses”.

A pesar de estos desacuerdos, finalmente los reconcilió. “Estoy orgulloso de lo que mi madre y mis hermanos mayores hicieron para traer a mi familia aquí y sobrevivir.”

También está orgulloso de las raíces indígenas de su madre: “Cada vez que me corto el pelo siempre lo entierro. Le pregunté a mi madre por qué hacemos esto y ella dice que es para fertilizar la tierra. Cuando llueve, tomo un recipiente y lo lleno con agua de lluvia y lo bebo, y hablo con ella mientras nuestros cuencos se llenan. Siempre quise escribir un libro sobre mi madre y sus cuentos”.

Se hace más difícil después de los 50

Mientras tanto, Anastasia continúa trabajando, preguntándose cuánto tiempo puede durar. “Mis manos siempre van a doler”, se lamenta. “Me duelen hasta el punto que casi no puedo trabajar. Ahora mismo tengo un dolor en el estómago que a menudo no me deja trabajar bien. Lo más difícil es principalmente el peso de las cajas que nos piden llevar. Son muy pesadas. Pero usar el azadón también es difícil. Me harté trabajar con los tomates, pero una vez que consiga una mejor voy a volver.”

Muchos de los trabajadores agrícolas indígenas más antiguos no tienen la intención de volver a México. “He pasado casi 20 años trabajando en el campo,” dice Anastasia. “Mucho tiempo. Ahora tengo 56 años. Espero que con el tiempo deje de trabajar en el campo, pero no tengo un terreno o casa en México, así que pienso quedarme aquí. Estoy acostumbrada a vivir en Santa María. Tengo a todos mis hijos aquí, así que quiero quedarme donde están.”

El estudio de Rick Mines indica que la situación de Anastasia Flores lo comparten un sector creciente de trabajadores agrícolas indígenas. “El número de personas mayores de 50 años se ha duplicado, y llegan ahora casi al nueve por ciento. Esto significa que entre 10.000 y 15.000 personas en California están en esta situación”, informó.

Según Irma Luna, “Las mujeres indígenas se comienzan a preocupar después de pasar sus 50. Ellas dependen de los campos, pero el trabajo es duro y a medida que envejecemos, se vuelve más difícil. Los líderes de equipo no contratan a personas mayores en muchos trabajos. Pero la única otra opción es depender de la familia, ya sea si se quedan en los EE.UU. o regresan a México”.

“Nuestras leyes de inmigración, más que todo, están creando una situación desesperada para los trabajadores agrícolas indígenas,” dice Leoncio Vásquez Santos, director ejecutivo del Centro Binacional para el Desarrollo Indígena Oaxaqueño, una organización comunitaria entre los migrantes oaxaqueños en California. “Ellos contribuyeron a la Seguridad Social, pero no pueden aprovechar sus beneficios. Si van a México, no pueden volver. Deben trabajar, porque no hay otra alternativa”.

El escritor y fotógrafo David Bacon escribió esta serie de dos partes con el apoyo de la Asociación de Periodistas en Envejecimiento, un programa de New America Media y la Sociedad Gerontológica de América, y patrocinado por la Fundación SCAN.

 

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