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SERIES DEL SUEÑO AMERICANO- La historia de María Lima

Este artículo también está disponible en: Inglés, Portugués, Brasil

Por Abigail Delgado

Traducido por Jamal Fox

Maria Lima estaba esperándome en el restaurante en donde quedamos reunirnos. Ella dio una gran sonrisa tan pronto como me vio. María es una mujer de 40 años, pero sus ojos revelan el peso de cien. Le ofrecí un café y como buena brasileña, ella aceptó. Mientras tomábamos el café, pan de queso y galletas, ella empezó a contarme su historia. El tono de su voz era alto, pero a ella no le importaba y a mí tampoco. María quiere que todo el mundo escuche lo que tiene que decir. Ella quiere que todo el mundo sepa el por qué ella vino a los Estados Unidos. No le importa que la gente sepa que su vida no fue perfecta. Ella quiere que sepan quien es María Lima y por qué ella lucha por sus convicciones y por su sueño americano.

María nació en el estado de Bahía, Brasil. Ella fue una de 12 hermanos en la cual sus padres no tenían los recursos económicos para cuidarlos. Cuando María cumplió cinco años, ella fue dada en adopción. Sin embargo, esto no le dio el futuro mejor que sus padres imaginaron. Ella tuvo que empezar a trabajar cuando tenía seis años y después de muchos largos días y penurias, a sus 16 años ella pudo volver a vivir con su madre biológica. Terminó la escuela secundaria, con la esperanza de que un futuro brillante llegara algún día.

“Puse en mi mente [la idea] de que lo mejor que podía hacer era estudiar y soñar en algún día convertirme en juez. Por alguna razón, quería encontrar la forma de hacer justicia para los que sufren”, dijo María.

Finalmente, María se casó y tuvo dos hijos, Barbara y Farid. Su matrimonio terminó después de algunos años, y ella deseaba encontrar una manera de dar a sus hijos una vida estable. Para ello, se inscribió a la universidad para convertirse en abogada. Cuatro años de enormes sacrificios pasaron. No obstante, el dinero para sus estudios comenzó a escasear. “No pude estar al día con los pagos”, dijo María. “Sólo faltaba un año para obtener mi título y un amigo mío, que vivía en Estados Unidos, sugirió que yo viniera a trabajar por un tiempo para ganar el dinero que necesitaba para terminar mis estudios.”

En 2007, con el corazón destrozado, María dejó a sus hijos en Brasil y llegó a Danbury para quedarse en la casa de su amiga. “Me sentía horrible, me sentía culpable por dejarlos y me pregunté muchas veces si estaba haciendo lo correcto. Me sentía como la peor persona, pero también sabía que vine aquí por ellos”, dijo María, mientras se limpiaba las lágrimas de sus ojos.

María comenzó a trabajar como empleada doméstica para diferentes personas. Ella nunca olvidará su primera experiencia. “La mujer me dijo que me pagaría 20 dólares por cada casa que limpiaba y como yo no sabía nada del sistema de tarifa por hora, acepté. Al final de la semana, esta mujer me dijo que me pagaría sólo $10, afirmando que no hice bien mi trabajo”, dijo María. “Yo le dije que no era ignorante, que no vine a los Estados Unidos para ser explotada por ella.” Después de trabajar arduamente por algunos meses, de domingo a domingo, María se dio cuenta de que no lograría ahorrar suficiente dinero para pagar sus gastos en los Estados Unidos y el de sus hijos en Brasil, aparte de ahorrar un poco para su matrícula. La frustración y tristeza por estar lejos de sus hijos comenzó a afectarla. “Yo lloraba todas las noches, y comencé a sentirme mal, tenía dolores de cabeza muy fuertes”, explicó María, quien ya no podía aguantar la situación y decidió pedir a su ex esposo ayudarle a traer a sus hijos a los Estados Unidos.

Para su alivio, Bárbara y Farid llegaron a los Estados Unidos el 2008 y por esta razón los sueños y metas de María cambiaron. Ahora ella podía soñar con un futuro mejor para sus hijos y con que ellos algún día llegarían a ser profesionales. “Me olvidé de mí misma y vivía para ellos”, dijo María. “Empecé a aceptar toda explotación de mis empleadores, pues necesitaba dinero para mantener a mi familia.”

María encontró el amor de nuevo y se casó. Sus hijos terminaron la escuela secundaria y comenzaron la universidad. Cuando sus hijos alcanzaron la independencia, María encontró el tiempo para perseguir sus propios sueños de nuevo y no quería renunciar a su deseo de hacer justicia para los aquellos que la necesitaran.

La brasileña, no tenía claro cómo lograr esta meta aquí en los Estados Unidos hasta que participó en una conferencia organizada por el Centro de Inmigrantes de Brasil, organización en la que después participaría como voluntaria. Allí ella se enteró de la Ley del Senado No. 446, una propuesta de ley para apoyar los derechos de los trabajadores domésticos. Para María, esto era la luz que había estado buscando por muchos años. “Tan pronto como empecé en el Centro, fui a Hartford para dar mi testimonio delante de los senadores y representantes estatales sobre mis experiencias como trabajadora doméstica, como estaba siendo explotada y que quería justicia”, recordaba María, que más tarde fue contratada para trabajar en el Centro de Inmigrantes de Brasil como activista doméstica de derechos de los trabajadores.

Hoy, María puede decir que ella ha logrado muchos de sus sueños. Tiene a su familia junto a ella, sus hijos son profesionales que conquistan sus propios sueños y ella vive en un país que, aparte de las dificultades, lo hizo todo posible. Ella aboga por los derechos de aquellos que son explotados, pero aún cree en su sueño de niña. “Mis sueños fueron postergados por mis hijos, pero ahora estoy decidida en mejorar mi Inglés y regresar a la universidad para convertirme en la abogada y juez que siempre quise ser, incluso si tengo que estudiar por el resto de mi vida”.

 

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